14 de enero de 2018

Los pedazos

Hace frío fuera pero siempre me arde algo dentro. Por más que lo intenta el invierno no consigue congelar los latidos de este corazón arrítmico con cierta tendencia al vuelco.

Desafío la pereza y entreno mis piernas a diario para que me lleven lejos, aunque todavía no conozco el destino. Recorrer kilómetros dejando que mi mente se vacíe de todo lo acumulado estos años es un ejercicio pesado pero liberador. Ignoro las voces que me gritan “ríndete”, “déjalo ya” “¿no ves que no tiene sentido?” y construyo castillos con los pedazos de un planeta que se vino abajo. Fortaleza es picar una y otra vez las mismas piedras hasta que las piedras desaparecen.

Me pregunto cómo hacen algunos para vivir tan ausentes de sí mismos, cómo hacen para entregarse a la nada con los brazos abiertos y sin paracaídas, cómo hacen para vestirse cada día con sus trajes y máscaras grises roídas por el tedio, cómo hacen para no emocionarse con el mero hecho de estar vivos. Y me aterra pensar que yo también puedo caer en cualquier momento en la nada, que yo también puedo convertirme en un muñeco de nieve sin voluntad. Así que me lleno de viento para que mis brazos pesen menos y puedan abrazarte fuerte.

Veo en tus ojos el reflejo de mí mismo y me asusta lo que veo. Al fin y al cabo combatimos los mismos fantasmas aunque arrastremos lastres distintos. Confieso que me cuesta horrores ver la luz que tanto dicen que tengo, que la mayoría del tiempo me siento oscuro y frío y que en ocasiones trato de escapar por la ventana para no abrir la caja de las plagas que me persiguen. Al fin y al cabo la mayor de las guerras se libra contra uno mismo.

Pero me perdono por no haber sabido escucharme. Por no encontrar la llave que tanto he buscado de un candado que ni siquiera existía. El tiempo me ha enseñado que nadie puede cerrar tu propio cielo.

Tan sólo hace falta levantar la mirada y sonreír.

¿No es acaso hermoso sentirse tan ligero como un pájaro?

Visual paper by Ruth Tay

17 de diciembre de 2017

Ciudad poesía

Dejé olvidados mis poemas en algún rincón de este planeta, perdidos entre el ruido atronador de charlatanes y sabihondos de red social, donde ni yo mismo lograba alcanzarlos. Habían dejado clavado en mí el recuerdo de sus dedos blancos. Sus retazos de azul y sabor a sal, su incapacidad de amar más allá de la etiqueta y el me gusta, su miedo a la muerte, su pavor a las miradas por encima del hombro, a la indiferencia.

Caminé en dirección contraria y me alejé, condenando al destierro la emoción y anclándome en la excusa. Dejé de creer en ellos, en la paz de sus letras, en los pájaros que revoloteaban en cada una de sus líneas. Y empecé a culpar a la inspiración de todos los problemas.

La niebla había llegado a ciudad poesía, lo que antaño fuera un paraíso soleado que de forma tan plácida había habitado los últimos años, se había convertido en una ciudad en guerra, destruida por mi ejército de caimanes, asediada y bombardeada por el más antiguo de mis rechazos. Sin ni siquiera saber en qué momento la guerra se ha apoderado de tus vísceras te ves inmerso en una batalla que debes librar solo.

Uno no conoce el alcance de la soledad hasta que se aleja de lo que siempre le ha acompañado, hasta que pierde de vista la luz del último de sus faros. Y en soledad, caminando entre las ruinas, cegado por la niebla, al borde la locura y con la ansiedad como única compañera me veía incapaz de salvar horizontes. Y esta se convierte en la historia de tu derrota.

Lo bueno del silencio es que permite escuchar la voz que llevamos dentro. Una voz que cuando sabe el buque perdido, grita y hace temblar todos y cada uno de tus cimientos. Y esta, aunque resulte difícil de creer, se convierte en la historia de una victoria.

Esa voz guía construyó de nuevo las fuentes, las calles, los edificios, las plazas, los bulevares, los parques. Trajo de vuelta los pájaros y llenó de flores los jardines. Creó los mares y los ríos, las montañas. Disipó la niebla y volvió y regresó el brillo del sol. Los viejos poemas no volvieron, pero no hizo falta, nacerán otros nuevos pues he aprendido que no hace falta poema mientras exista la poesía. Mientras la canción de la vida no deje de sonar en tus manantiales más profundos.

Porque siempre ha estado ahí cuando todo falla. Porque nunca se marchó. Porque regresar a la esencia es acariciar la vida.

Canta tu canción y no dejes que otros la canten por ti porque sólo tú serás capaz de escucharla y entenderla.

Tu voz es perfecta. Siempre lo ha sido. Puedes hacerlo. Sabes hacerlo.

Aunque no sepas cómo.

A fin de cuentas no hace falta entender la música para disfrutarla.

Song for sunshine by Indiae


NOTA: Escrito tras mi participación en el taller "El camino del ser creativo y el reencuentro con nuestra esencia" de la escuela ImproVersa. Trabajo necesario y esclarecedor para todo artista que se exponga continuamente al juicio ajeno.

3 de septiembre de 2017

Deseos

Volar, volar sin prisa, batiendo lento las alas, sintiendo el viento despeinarte.

Vivir, vivir deprisa, sentir despacio, saborear cada victoria.

Llorar las derrotas y brindar las pérdidas, beber y cantar de madrugada, abrazarte a los árboles y las farolas.

Escuchar el lenguaje secreto de las piedras, la música del silencio. Bailar descalzo cada noche y enraizarse.

Alimentar el alma con poesía, perderse en acordes y cuellos ajenos.

Rozar la piel y el corazón. Susurrar palabras no inventadas. Escribir en el idioma del viento.

Ser brisa y también apero. Trabajar la amistad como el alfarero trabaja el barro.

Vivir cada segundo, respirar profundo, amanecer tarde y acostarse temprano.

Coger tu mano y besar tus párpados. Decirte todo lo que me haces sentir. Dar gracias al universo por los bailes.

Susurrar secretos al agua, dibujar en los espejos. Saltar a ciegas los límites de los cuerpos.

Amerizar en tu pecho, latir entre tus piernas. Deshojar la flor sin arrancar los pétalos.

Abrir puertas, cerrar ventanas por si entra el frío.

Tomar aviones, barcos, trenes, autobuses sin un destino cierto. Viajar a la deriva y sin timón.

Reinventar el norte, rediseñar las brújulas, trazar mapas en tus calles desiertas.

Flotar como madera de deriva, colonizar playas. No querer que me encuentren nunca.

Renacer del cero. Que ese sea mi comienzo. Y seguir cantando, como cantan los pájaros a la mañana.

Encender luz para todas mis sombras. Disipar la niebla.

Y sólo así poder aguantar la mirada a mi reflejo.

Y encontrarme.

Simplemente, encontrarme.

I was a dandelion by Vesaspring